NAVIDAD EN EL CINE


La Navidad es uno de esos momentos del año en los que el cine deja de ser elección y se convierte en costumbre. No pensamos demasiado qué película poner: simplemente la ponemos. Y en ese gesto aparentemente automático hay mucho más de lo que creemos. Porque las películas de Navidad que se ven en cada país dicen mucho de cómo ese país se mira a sí mismo, de lo que espera de la familia y de lo que necesita recordar.

En Estados Unidos, por ejemplo, la Navidad suele ser optimista. ¡Qué bello es vivir! vuelve cada año como una especie de consuelo colectivo: la idea de que, aunque la vida apriete, todo tiene sentido si hay una comunidad alrededor. De ahí salen muchas otras películas que se repiten en bucle: Solo en casa, o incluso Gremlins, donde la Navidad se desmadra pero siempre acaba volviendo al orden.

En el Reino Unido la cosa es distinta. Allí la Navidad es más contenida, más irónica. Love Actually se ha convertido en su gran clásico moderno, una película hecha de pequeñas historias, de emociones que se dicen a medias, con humor para no ponerse demasiado serio. Incluso cuando hablan de amor, lo hacen con una taza de té en la mano y cierta distancia.

En otros países europeos, como Alemania o los nórdicos, la Navidad en el cine suele ser más tranquila, más familiar, casi de cuento. Películas que se repiten cada año y que no buscan grandes giros, sino acompañar el invierno, hacer más llevadera la oscuridad.

España: la Navidad como recuerdo compartido

Y luego está España. Aquí la Navidad en el cine no se entiende sin la televisión, sin la familia en el sofá y sin frases que todos hemos oído mil veces. No tenemos un único gran clásico, pero sí escenas que forman parte de la memoria colectiva. Y pocas son tan reconocibles como la de La gran familia (1962).

La película en sí es una comedia amable, costumbrista, con esa España de familias numerosas, pisos pequeños y padres desbordados. Pero lo que de verdad ha quedado grabado es la escena de la pérdida del niño en Navidad. Chencho desaparece entre la multitud, y durante unos minutos la película deja de ser una comedia para convertirse en algo muy serio.

Esa escena funciona porque toca algo muy profundo: el miedo a perderse, a separarse de los nuestros justo cuando todo el mundo insiste en que hay que estar juntos. Da igual cuántas veces la hayamos visto; cuando el niño se pierde, la casa se queda en silencio. Y cuando aparece, la tranquilidad vuelve como un suspiro colectivo. Es una escena sencilla, sin efectos ni música grandilocuente, pero sigue funcionando porque es real.

La gran familia se repite cada Navidad no por nostalgia barata, sino porque resume muy bien lo que es la Navidad en España: ruido, gente, caos, pero también la sensación de que, pase lo que pase, al final alguien te encuentra.

Junto a ella está Berlanga, claro. Plácido ofrece la otra cara de la moneda: la Navidad como escaparate, como obligación social. Reírse de la caridad impostada mientras seguimos poniendo la mesa. Y, curiosamente, también la vemos cada año, como si necesitáramos recordarnos a nosotros mismos de qué va todo esto.

En tiempos más recientes, Klaus ha entrado en muchas casas españolas casi sin hacer ruido. Es una película distinta, animada, moderna, pero con algo muy nuestro: la importancia de los pequeños gestos, de hacer las cosas bien sin esperar aplausos. No es una Navidad de grandes discursos, sino de cambios lentos.

Y luego están las películas que no son navideñas, pero que aquí se han vuelto tradición. El día de la bestia es un buen ejemplo: caótica, exagerada, con villancicos y demonios conviviendo sin problema. Porque en España la Navidad también admite el exceso, el desorden y la risa incómoda.

Al final, siempre las mismas

Quizá por eso volvemos cada año a las mismas películas. No porque sean perfectas, sino porque nos resultan familiares. Nos recuerdan cómo éramos, quiénes estaban y quiénes ya no. En España, más que en ningún sitio, el cine de Navidad no se ve: se comparte.

Y mientras suena la tele de fondo, entre polvorones y conversaciones cruzadas, entendemos que esas películas no hablan solo de la Navidad. Hablan de nosotros. De nuestra forma de estar juntos, de perdernos un poco y de volver a encontrarnos justo a tiempo.

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"He vivido la época en que se temió que el cine fuera desplazado por la televisión, pero yo no he compartido ese miedo porque sé que la radio y los discos no pueden destruir la ópera. La televisión no puede acabar con el cine porque la gente quiere estar allí, quieren ser los primeros, quieren oír las risas de otras personas". Billy Wilder

“Ahora que el Box Office se ha ido a la mierda, que las pelis son perecederas y acaban alojadas en un vídeoclub virtual cogiendo polvo…solo me importan las pelis que quedan en la memoria. Que cuáles son esas ? No serán más de 25 al año. El resto es un esfuerzo ímprobo e inútil. Se estrenan más de 8000 largos en el mundo al año. De ellos 500 son reseñables, 200 responden a la consideración de evento y de ahí 50 pueden atravesar el túnel del tiempo …25 es más que razonable no ? Otra cosa es que los gustos personales discriminen cinematográfias y géneros. El patrimonio universal del Cine está más accesible que nunca a partir del esfuerzo de los Festivales y plataformas especializadas. Solo que es la curiosidad que permite avanzar en esa exploración. De la misma forma que la digitalización permitió descubrir en la música,incunables...Además la novedad ha perdido valor con la devaluación injusta del periodismo cultural como herramienta que añade valor a la obra. …hasta aquí mi chapa reflexiva de hoy, sobre ver cine en tiempos de muchas películas …entre toma y toma vuelvo al set. Ah por último …desde que el cine es cine se han rodado ya más de UN MILLÓN DE PELÍCULAS …en españa la calidad de vida nos lleva a vivir unos 29.000 días …elegís bien que hay mucho mucho Cine Bueno que NUNCA VEREMOS” Enrique Lavigne