Hacer un resumen en cinco películas cuando se acaba el año es un ejercicio delicado. Siempre está la tentación de hacerlo en base a lo comercial, a la taquilla, a los nombres propios, a lo que “se supone” que hay que decir. Pero no. Aquí vamos directos al grano. A lo que más le gusta al cronista que se aventura, todavía, a tener gusto cinematográfico propio. Y ojalá, dentro de ese gusto, haya algo más importante: que sean cinco películas con mayúsculas.
Porque no nos engañemos: estamos ante otro año malo —a secas— para las salas de cine. El 25 % de público perdido tras la pandemia ya se acerca peligrosamente al 30 %. La cosa no pinta bien. Eso sí, cada vez se consume más cine. Lo dicen las cifras del streaming. Pero me temo que hablamos de un consumo de peor calidad, más desechable, más olvidable.
La escena es conocida en muchos hogares:
—Cariño, ¿cómo se llamaba la peli que vimos ayer?
—Esa en la que tiraban una bomba atómica.
—No, esa no, esa la vimos antes de ayer.
—Pues no sé, cariño… creo que me dormí.
Y la respuesta, ojo, era una buena y muy recomendable película llamada Una casa llena de dinamita. Cine visto, pero no vivido.
Como en tantas facetas de la vida, aquí defendemos el consumo consciente. También —y sobre todo— en el cine. Estas cinco películas se pueden ver donde uno quiera, pero conviene hacerlo con cierto ritual: apagar el móvil, sentarse, mirar la pantalla como quien se enfrenta a una obra de arte y dejarse atravesar. Porque las películas que vienen a continuación lo piden.
Y nuestro top cinco del año es este.
Una batalla tras otra

Los viejos ideales nunca mueren… o, mejor dicho, se reciclan.
Hay películas que no miran al pasado con nostalgia, sino con conciencia. Una batalla tras otra es una de ellas. Una película que entiende que los ideales del siglo XX —las luchas, las utopías, las derrotas— siguen latiendo, aunque hayan cambiado de forma. El espíritu del Mayo del 68 no está muerto: está escondido, reformulado, incluso domesticado.
La película habla de eso: de cómo los grandes discursos se diluyen, de cómo la épica se transforma en rutina, pero también de cómo siempre queda una chispa. Cine político sin pancarta, cine ideológico sin consigna. De ese que incomoda porque no da respuestas fáciles. Una película necesaria.
Los pecadores (Sinners)

Vampiros, música y violencia en un cóctel diabólico.
Aquí el cine se desata. Los pecadores es una fiesta oscura, sensual y violenta. Vampiros, sí, pero no los de postal ni los de saga adolescente. Vampiros como metáfora del deseo, de la culpa, del exceso. Y todo envuelto en una banda sonora que no acompaña: devora.
Lo fantástico y lo violento se mezclan sin pedir permiso. Hay sangre, hay ritmo, hay una sensación constante de peligro. Y, sobre todo, hay cine. De ese que no se disculpa por ser excesivo. Ver a esos vampiros moverse, bailar, atacar, vivir… no tiene precio. Una película para dejarse llevar y salir del cine con el pulso acelerado.
Bugonia

No comulgo con todas las películas de Yorgos Lanthimos… pero cuando comulgo, comulgo.
Lanthimos es un director incómodo. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho decir. Bugonia es una película que no busca agradar, sino perturbar. Una historia extraña, retorcida, absurda por momentos, profundamente humana por otros.
Aquí el director vuelve a su territorio favorito: personajes desubicados, normas sociales llevadas al extremo, humor negro como bisturí. No es una película para todos, ni falta que hace. Pero cuando conectas con su universo, el golpe es seco. Cine que se queda rondando en la cabeza durante días.
Sueños de trenes (Train Dreams)

La vida y la poesía fluyendo como un río.
Esta es, quizá, la película más silenciosa del grupo. Y también una de las más bellas. Sueños de trenes habla de la vida sencilla, del paso del tiempo, del trabajo, de la naturaleza, del amor y de la pérdida. Todo sin subrayados, sin discursos.
La película avanza como un río: sin prisa, pero sin pausa. Cada plano respira. Cada escena parece escrita con versos invisibles. Es cine contemplativo, sí, pero también profundamente emocional. Una película que te recuerda por qué el cine puede ser poesía en movimiento.
Hamnet

Todavía sin estrenar, pero con ese pálpito inconfundible.
Aún no se ha estrenado, pero hay películas que se intuyen. Hamnet tiene ese latido previo al descubrimiento. La historia que rodea al hijo de Shakespeare, la pérdida, el duelo, la creación artística como refugio… Todo apunta a un cine donde emocionarse sin trampas.
Aquí hay promesa de cine grande, de ese que no necesita levantar la voz para tocarte. Ojalá no defraude. Pero el pálpito está ahí.
Bonus track: Resurrección

La película que nadie ha visto.… y quizás es un sueño
Y como siempre, hay una película que pasa de puntillas, que no encuentra su público, que se pierde entre estrenos. Resurrección es ese tipo de cine. Una película que merece ser descubierta, recomendada en voz baja, compartida como un secreto….. psss
Porque el cine, al final, también va de eso: de rescatar películas del olvido. De mirar con atención. De volver a creer que, incluso en años malos para las salas, todavía hay películas que justifican sentarse frente a una pantalla.
Y estas cinco —más una— lo hacen.












